Archivos para 21 mayo 2011

Aburrido y desconcentrado.

Desperté de mi extasís.
Que divertido ese viaje, directo hacia mi propia mente, con sonido envolvente y 3d. Orgasmo sensorial asegurado.

Vomité lo que tenía en el estómago, más un poco de bilis y cosas de colorines estrambóticos, que divertido el viaje y que doloroso el regreso.
Busqué en el pozo de asco al que llamaba hogar un poco más de ese boleto a mi mismo que tanto me hacía falta. No lo encontré.
Sumido en tristeza y en síndrome de abstinencia, salí de mi habitación. Mi hermana ocupada con su novio por teléfono, se escuchaban los alaridos y gemidos que la zorra hacía. Seguro le decía las más asquerosas muestras de lujuria, sana y pura diversión adolescente.

Mi madre había salido, no estaba mucho en casa, trabajaba o se cogía a su jefe, ya no recuerdo que era lo que hacía en ese lugar. Mi padre hacía lo mismo con su secretaria. Somos los locos Adams del mundo real, pensé mientras me reí.

Busqué un trapo para limpiar lo que había salido de mi, completé mi tarea en un rato, mi hermana había terminado de cogerse a su novio de turno por teléfono y se dedicaba a dar vueltas por la casa, criticando mi estilo de vida, como provocándome a que me metiera con el suyo. Me ahorré las palabras, no estaba de humor para hablar, aún extrañaba la línea blanca que empezaba mi carrera al cielo. Me acosté en mi cama, aún olía a sudor de la última chica que estuvo aquí, y se veían algunas manchas rojas que delataban lo que pasó.

Tengo esta malsana obsesión por hacerles daño mientras lo hacemos, pero bueno, cada quien con sus vicios.

Salí a buscar más de la divertida sustancia que me hacía falta, mi hermana me había dicho que me tardará, que tendría visitas y no quería estorbos por ahí. Le dije puta y me largué. La gente me miraba raro, los vecinos ya conocían mis hábitos y me habían tachado de “escoria de la vida”. Los miraba con odio mientras caminaba. Llegue al antrucho donde vendían mi polvo de hadas, compré suficiente para mi y mi ego y anduve por ahí. Escogí un callejón al azar y tomé un poco. Así como andaba, vagamente pensé en llegar a casa. Cuando llegue, escuche los sonidos de mi hermana dándose con algún tipo. Decidí quedarme en la sala y tomé toda la sustancia que me quedaba.

Desperté en el suelo, tenía un dolor de cabeza fuerte y olía a sangre y vómito. Subí las escaleras hasta que resbalé casi al final, manchas de sangre, que se dirigían hacia el cuarto de mi hermana. Entre y encontré algo que me hubiera hecho vomitar si hubiera tenido algo en el estómago: Mi hermana en su cama, desnuda y con los senos llenos de sangre, con una herida en el vientre por la que salían sus tripas y el rostro congelado en una mueca de miedo y dolor. Me acerqué asustado a la escena, sin entender nada, y con la cabeza palpitándome de dolor. Me subí a la cama, llenándome de sangre y del otro lado vi la ropa que había usado cuando salí. No me fije, pero estaba con una camisa y un pantalón distintos. Seguía dando vueltas mi cabeza cuando decidí ir al baño a refrescarme. Las machas de sangre que dejaban mis pasos me asqueaban y cuando por fin llegue al baño y entré, vi en el lavamanos algo espeluznante, un cuchillo que mi padre me había regalado para mi cumpleaños número 12, que había prometido nunca sacar de su funda por respeto a lo que signficaba para el… Ahora estaba manchado de sangre y sin su funda… Terminé de entrar y vi en la bañera otro cadáver, esta vez uno masculino, desfigurado y con varias puñaladas. No quise ni acercármele .

Lo entendí todo, y justo en ese momento lo recordé, con la sobredosis, entre en el cuarto justo en el momento en el que lo hacían… Ambos me golpeaban y yo asustado corrí a mi cuarto, cogí el cuchillo y lo apuñalé a el primero… A ella mientras lloraba la violé y asesiné… El seguía vivo y gimiendo, lo llevé al baño y terminé el trabajo…

Las lágrimas inundaban mis ojos y brotaban por mi rostro, mientras gritaba a todo pulmón maldiciones.

Escribo esto buscando el perdón de quien me encuentre culpable, el mismo cuchillo que me ayudó a matar a dos personas, me ayudó a matarme a mi. Escribo esto mientras la sangre me sale por la muñeca izquierda.

Adiós mundo, espero que en otra vida seas menos cruel conmigo y con los que me rodean.

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Arte en lo mundano.

Ahora por cuestiones de… ¿De la vida?
Ahora por cuestiones del destino, para dejar culpable a alguien que no puedo manejar, me encuentro escribiendo palabras que, de manera casi humorística, llegan a mi mente.
¿Con qué razón? Bueno, digamos que así se me quita la sensación de culpabilidad que me da al mirar sus ojos y darme cuenta de las cicatrices en su alma, aunque yo no las haya causado, fue por no estar ahí para ella que terminó como terminó. Que pasión por las heridas desarrolló en mi ausencia. Que temor a estar sana se le calo en la sangre mientras miré a otro lado.

Pero bueno, lágrimas de cocodrilo espero, si lloro por ella con sinceridad, me temo caer víctima de su juego de policías y ladrones.
Y en otro hilo de ideas, se me fueron las ideas, pensé en ella más de lo que debía y se me fue la inspiración. ¿Se convertirá esto en una Oda a mi Dalila?

Debo admitir, me vuelvo fuerte en sus brazos y débil en sus labios. Pinto el mejor de los frescos para su vista e interpreto las mejores melodías para su oído. Y como Caribdis al océano, tragaba mi arte, tal cual remolino insaciable, siempre en busca de más.

Llego un momento en que mis versos y mis ritmos dejaron de impresionarla, llego un punto en que mis pinturas le parecieron repetidas. Y fue ahí que mi amor lloró hasta evaporarse.

Que se haga realidad mi pesadilla, que se cumplan tus sueños, mi niña color canela, que en sonetos de otro amante y pinturas de un cuarto o un quinto se vayan tus noches, que tu piel y la de otros se unan y que el secreto que fue mío ya no lo sea. Y deja al resto de nosotros, expectantes, disfrutar de la melodía que es estar tan cerca de tu piel.

Gracias por todo y que por fin, después de tantas palabras, tantas acciones, se quemen y se pierdan las cenizas de lo que una vez fue y ya no será.

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A la hora pico.

Estando yo sentado en unos bancos cerca de mi casa, no pude evitar reflexionar en la paz que causa el ver a los transeúntes, con o sin preocupaciones en sus caras inanimadas ir de aquí a allá, con sus vidas y sus destinos. Todas las historias que merecen ser contadas están en sus recuerdos, y yo aquí pensando en que podía ocultar cada gesto disimulado de esos personajes desconocidos.

¿Qué podría ocultar la sonrisa pícara de esa rubia que pasa a mi derecha? ¿Quién habrá visto a ese anciano antes de hacer suyas esas arrugas en su rostro? ¿Qué secreto mantendrá a la madre y a su hijo sonriendo, mirándose el uno al otro, mientras el padre ríe agarrándolos de la mano? Cuantos misterios tan deliciosos oculta solo una calle que me separa de todos esos protagonistas de sus propias historias.

Me parecía tan mágico como la dueña de la tienda de repostería podía estar viviendo una tragedia griega, mientras una niña a solo metros de ella podía figurar entre sus labios el secreto de un primer amor al más puro estilo de Shakespeare. O las locuras que el vendedor de frutas pueda inventar, como si de un Don Quijote habláramos. Y porque no, el miedo tan oscuro que consumía el alma del hombre de negocios que cruzaba a prisa y con un teléfono en la mano. Moldeables historias salidas de la más antigua o más actual de las literaturas.

Todo era jugosamente divertido hasta que, como un villano cliché, apareció en mi rango de visión un vulgar hombrecillo, tal vez agraciado en su físico, pero vacío como la oscuridad en su corazón. La torpeza de sus movimientos hacía los demás hacían notar su desagrado por el resto de la humanidad, quizás causado por el desprecio de otras personas en su pasado, quizás heredado de una familia no tan comprensiva, pero en fin, desagradable a mi vista como un asesinato.

El vil personaje empujaba a los demás, sin siquiera pedir perdón o mostrar signo de arrepentimiento. El asco mezclado con lástima no dejo de brotar de mi mirada, si hubiera volteado a verme, habría descubierto mi entrecejo fruncido en una expresión de desprecio tal, que habría provocado su ira, de seguro. De repente, un empujón tiro a nuestro villano al suelo, seguido de mis carcajadas y la mirada incrédula de muchos. El silencio de los peatones y el poco tráfico hizo escuchar mi risa hasta muy lejos, lo suficiente como para que el desgraciado antagonista se diera cuenta.

Se levantó, gritando cosas obscenas y sin sentido, maldiciendo a toda la divinidad que se le vino a la mente, y ofendiendo a este servidor por no contener la risa. Me señaló varias veces, gritándome cosas ofuscadas por mi propio desinterés en sus palabras. finalmente, acomodó su traje (muy costoso, imaginé) y se dispuso a marchar, perdiéndose entre la multitud.

¡Que persona tan desagradable!
Grité.

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